El número de Diciembre de LA SIDRA acoge un trabajo de gran valor etnográfico y cultural dedicado a los llagares caseros de Ribedeva, el concejo más oriental d’Asturies donde todavía se hace sidra. El artículo muestra un territorio singular, situado entre el mar y la montaña, en el que la sidra nunca fue industria, pero sí una práctica doméstica profundamente arraigada.
El reportaje realiza un recorrido por la memoria sidrera del concejo, poniendo el foco en las personas que, poco a poco, mantuvieron vivos los llagares caseros. Llagares antiguos y modernos, cuadrados o redondos, hechos con inventiva y paciencia, que cuentan una historia distinta a la de los grandes concejos productores, pero no menos importante para entender la cultura sidrera asturiana.
Ribedeva aparece como un espacio de contrastes: tierra de indianos, de zapateros mansoleos y de emigración, con grandes casonas y palacios que, en muchas ocasiones, también albergaron llagares para elaborar la sidra que se consumía en casa y se compartía con los vecinos. Esa sidra, sin etiquetas ni mercado, formó parte del ciclo vital de las familias y del día a día del concejo.
El trabajo destaca también cómo muchos de esos llagares desaparecieron con el paso del tiempo, debido a la pérdida de población y a los cambios sociales, pero muestra que aún hoy permanece una red discreta de llagares vivos, mantenidos por la convicción de que la sidra no tiene por qué ser industria para tener valor. Son espacios pequeños, pero cargados de memoria, que representan un patrimonio cultural de primer orden.
Este artículo de Susana Sela se inscribe dentro del trabajo de investigación de la Fundación Asturies XXI, una entidad comprometida con el estudio, la difusión y el mantenimiento de la cultura sidrera asturiana, y cuenta con el apoyo de la Consejería de Cultura, Política Llingüística y Deporte del Principado d’Asturies, dentro de sus líneas de apoyo a proyectos culturales y de normalización lingüística.
En resumen, el reportaje sobre los llagares de Ribedeva es una invitación a mirar más allá de los grandes nombres y a reconocer el valor de la sidra casera como parte esencial del patrimonio cultural asturiano. Porque, como bien se recuerda en sus páginas, el patrimonio, si se cuida, no muere: fermenta, respira y espera. Como la sidra misma.